Dispositivos personales y endpoints no gestionados
Incluso en empresas que proporcionan equipos corporativos, los empleados siguen utilizando teléfonos móviles personales, tablets o dispositivos domésticos para acceder al correo electrónico, Slack o paneles de control. En el caso de freelancers y proveedores de servicios, los dispositivos no gestionados son, a menudo, la norma.
Esto crea un enorme punto ciego. Sin control sobre estos dispositivos, no existen políticas aplicables ni telemetría disponible. Si un usuario descarga documentos sensibles en un ordenador personal o realiza capturas de pantalla desde su teléfono, nadie lo sabrá. Cuando los datos salen de la capa de visibilidad, se pierden.
El trabajo híbrido ha agravado este problema. Cafeterías, espacios de coworking y oficinas domésticas se han convertido en lugares de trabajo reales, utilizando dispositivos fuera del control de la organización. Sin visibilidad sobre los endpoints, el riesgo interno se vuelve casi imposible de medir o contener.
Imprimir, copiar, capturar la pantalla: la brecha analógica
Los equipos de seguridad invierten millones en controles digitales, pero pasan por alto las herramientas más antiguas de extracción de datos: impresoras, copiar/pegar y cámaras de teléfonos móviles.
Las personas siguen imprimiendo documentos sensibles. Siguen fotografiando pantallas. Siguen copiando información de sistemas seguros a notas personales o aplicaciones externas.
Estos comportamientos analógicos pasan desapercibidos para los controles tradicionales. El DLP no detecta una foto de una pantalla. No genera alertas cuando alguien utiliza copiar/pegar o herramientas de captura. Sin embargo, estas acciones son frecuentes y, en muchos casos, solo se descubren mucho más tarde, cuando ya es demasiado tarde.
Una estrategia eficaz de gestión del riesgo interno debe considerar la interacción humano-dispositivo, incluida la visibilidad sobre capturas de pantalla, el portapapeles y la impresión, especialmente en funciones que manejan datos sensibles a diario.
La amenaza interna que no es maliciosa
Aquí está la verdad incómoda: la mayoría de los incidentes internos no son maliciosos. Son el resultado de empleados competentes y bien intencionados que simplemente intentan ser más rápidos y eficientes.
Envían archivos a su correo personal para trabajar desde casa. Suben documentos a nubes personales para colaborar. Guardan contraseñas en texto plano porque “es más fácil”. Hacen capturas de pantalla para presentaciones.
No existe intención de causar daño. Pero estos comportamientos exponen los datos de formas para las que las políticas tradicionales nunca fueron diseñadas. Y cuando no existen alertas, advertencias o formación, los empleados asumen que es aceptable.
Así es como el riesgo se convierte en cultura.
Anticipar el riesgo antes de que se convierta en realidad
Todas estas brechas tienen un origen común: la falta de visibilidad. No es posible gestionar el riesgo interno sin comprender cómo circulan los datos, cómo interactúan las personas con ellos y qué constituye un comportamiento normal.
Los programas eficaces de Insider Risk Management (IRM) cierran esta brecha creando líneas base de comportamiento, rastreando el recorrido de los datos, correlacionando accesos con actividad real e identificando anomalías dentro de su contexto. Más allá de alertas aisladas, reconocen que el riesgo interno es un desafío dinámico, moldeado por la forma en que las personas trabajan, colaboran y cambian de función.
Las organizaciones que no han identificado estas lagunas no solo están expuestas: están operando sin una visión clara de su riesgo.
No es necesario esperar a que ocurra un incidente. Empiece por la visibilidad. Elija un flujo de datos, una función crítica o un departamento. Mapee cómo circula la información, quién la utiliza y dónde se acumula el riesgo. A partir de ahí, el riesgo interno deja de ser invisible y pasa a ser algo que puede comprenderse, gestionarse y mejorarse de forma consciente.


